
La vida moderna, esta vida complicada de relaciones públicas y privadas que nos exigen orden y compostura, nos impide expresar los sentimientos más profundos de nuestro corazón con franqueza. Estamos acostumbrados a reservar nuestros sentimientos, a ocultar las lágrimas, a meter adentro, bien adentro, la palabra que debiéramos decir, pero no la decimos. Como el perro Modred, se nos ha enseñado a no ladrar y hemos aprendido bien la lección.
Y como no le damos expresión a nuestro dolor, a nuestra queja, a nuestra impaciencia, a nuestra confusión, nos perjudicamos psicológicamente. Pero no debiera ser así. ¡Tenemos derecho al llanto, a la queja, al grito!
«Mientras guardé silencio —dice el salmista David—, mis huesos se fueron consumiendo por mi gemir de todo el día» (Salmo 32:3). Pero cuando el salmista abrió la boca y confesó su angustia a Dios, Dios lo oyó y Dios lo salvó.
¿Por qué no abrimos hoy nuestra boca? ¿Por qué no le damos expresión a los sentimientos de nuestro corazón? ¿Por qué no le pedimos a Dios esa ayuda, ese consuelo, ese perdón que tanto necesitamos y que nuestro orgullo nos impide confesar? Dios sólo espera que clamemos. Abramos la boca y pidamos.